Tristitia


(Extrañamiento con  Las ciudades invisibles de Italo Calvino)

El grito del colibrí que llora atrae al viajero perdido hasta Tristitia. Y aunque encuentre cobijo y calme el hambre, no conseguirá descansar. Concilios de pájaros sobre las ramas enredadas de la plaza, convocan al lúgubre destino con sus trinos melancólicos.
¡Maldita sea la histeria de los pájaros! ¡Desgraciado el llanto de nuestros hijos!– exclaman las mujeres preñadas de la melancolía del lugar.
A pesar de todo, la belleza de Tristitia te deja sin aliento. Rodeada de simas y montañas, las escaleras se alzan como caballos desbocados, se unen como siamesas, descansan muertas unas sobre otras, se enrollan sobre sí mismas, copias arquitectónicas de los despeñaperros que rodean la ciudad. Tristitia es la ciudad de los viaductos, de los puentes colgantes sobre el oscuro río de mal agüero que la atraviesa. Es el vértigo y es el viento.
En Tristitia los hombres regresan a las casas escondidos en la noche para partir antes del alba como fantasmas. Durante nueve meses alguna mujer maldecirá su suerte. Las plañideras de los partos acompañarán sus gritos en el nuevo nacimiento indeseado. 
En Tristitia se suicidan las mujeres.  Si carecen de ansia para vivir, no les falta a la hora de desear la muerte. 
Una mujer recibe la llamada en un trance solitario. Busca los senderos húmedos y recoge hongos de la muerte entre las hojas podridas del bosque, trenza sogas de cáñamo, afila dagas de madera y prepara brebajes. Durante tres días colecciona su botín maldito y  el último convoca a sus vecinas. Emborrachan el miedo con ampollas de absenta abrasadora y excitadas, se incitan a la locura y a la destrucción.  
Sólo en estos periodos se oye la risa de las mujeres, animal, explosiva y salvaje. Las quejas cesan por completo. No sienten frío, ni soledad, ni sueño. Ya no muestran aprensión o impaciencia. A veces, el gozo contagioso les impulsa a juntarse para morir.
Se visten con túnicas de sed, perfuman su cuerpo con ámbar y lo adornan de flores. Encomendándose al sol divinizado, se arrojan de la mano desde La Foradada, la peña impasible que preside el valle. Un vuelo magnífico que no deja rastro. En Tristitia no vuelven a mencionarse sus nombres. No queda memoria de las mujeres cuyos cuerpos estallan contra las piedras y quedan tan sólo al alcance de las rapaces. 

Comentarios